El verdadero fondo de introducir tecnologías en el aula

Ipad en el aulaAlguna vez nos hemos preguntado si  el iPad opta a ese papel de sustituto del libro de texto tradicional que se le trata de otorgar no pocas veces. Si bien la resistencia a ese cambio  que supone la digitalización del aula sigue siendo la tónica general, lo cierto es que junto a directores de escuela y sectores del profesorado que no quieren ni oir hablar de esta alternativa, cada vez hay más iniciativas que tratan de introducir estos dispositivos, iPads, tabletas, e-readers como el Kindle, en la vida diaria de millones de alumnos.

Si tenemos en cuenta la realidad de las cosas y la propia dinámica de la tecnología en los hogares, no sería nada disruptivo repartir un iPad para cada pupitre de clase. Los niños están rodeados por todas partes de tecnología y manejan las tabletas, los smartphones y otros dispositivos inteligentes que avanzan hacia lo que se ha dado en llamar el “internet de las cosas” con una soltura y naturalidad realmente asombrosa para lo que tenemos más edad y aún así ya somos nativos digitales.

Para estos niños, crecidos en la cultura tecnológica desde su más tierna edad, lo raro es lo otro, el entorno de la tinta y el papel, las mochilas abultadas como losas de plomo a sus espaldas, el discurso monocorde del profesor y una pizarra en blanco y negro que no les alcanza, que no les llena, que no les atrae.

Pero esto no se trata de consagrar el lema de “Tecnología porque sí”. Tenemos que ver en qué es mejor esa tecnología, cómo ayuda a educar respecto a los métodos actuales o incluso fijar esfuerzos en modelos de convivencia metodológica si hay cosas de la metodología tradicional que funcionan y adonde no puede alcanzar ningún cacharro con manzanita o que dependa de un enchufe y una conexión a Internet. Son muchas las habilidades cognitivas y comportamentales que enriquecen en los niños los ordenadores (los grandes y los de tamaño portable), ayudan a entrenar determinadas situaciones y exigen una respuesta rápida y proactiva para solventar un problema, una situación determinada. De esto ya hablamos cuando vimos el potencial de los videojuegos aplicados a la educación.

Las redes sociales cautivan cada vez a más profesores. No solo en el plano de que un educador puede llegar a conocer mejor a sus alumnos, a través de las facilidades de comunicación que ofrecen las redes sociales, sino porque estas pueden llevar en su código genético el desarrollo de habilidades que ignorábamos que estuvieran ahí, implícitas, en Twitter, en los foros, en los blogs… Una profesora escribía acerca de cómo Facebook ha mejorado la escritura de sus alumnos. Veremos más casos de estos en el futuro.

Nos adentramos en 2014 con un poco más de avance anecdótico en estas cuestiones, pero no se acaba de consagrar la tecnologización del aula tal y como deseamos que se produzca: no por una mera invasión de dispositivos tipo tablet, smartphone o ebooks, o bien de pizarras electrónicas de la parte del profesor, sino por la educación en el buen uso de estas tecnologías, en la formación experta de profesores de los tesoros formativos que esconde la Red y cómo los alumnos deben filtrar la web para encontrar los mejores contenidos descartando los inútiles o inciertos, en un cambio de metodología en lo que respecta a los deberes y a los exámenes, en la propia dinámica del aula más comunitaria y circular, no tan de púlpito… Algo más de fondo y no tanto la penetración en clase  de cada gadget en sí mismo.

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